trabajocomocastigo(Luis de la Paz/ Nuevo Herald) Aunque hasta ahora no se ha puesto en práctica, existe en Venezuela una resolución, la 9855, estableciendo el trabajo obligatorio en labores agrícolas. Esta medida confirma que los regímenes de extrema izquierda van a la vanguardia en estas disposiciones que tienen como propósito someter a los opositores. En Cuba ha sido una rutina sistemática, al igual que en Corea del Norte.

El trabajo como castigo, acoso y represalia, pretende doblegar a aquellos que resultan desafectos a un sistema político y social. Es un arbitrario intento para acallar las voces libres y desafiantes. Por ello, estos métodos degradantes y crueles adquieren ribetes más despreciables cuando se emplean contra personas por sus ideas y posiciones políticas o religiosas.

Ya en el primer libro de la Biblia, el Génesis, se alude al trabajo como castigo: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”. El nazismo les advertía a los judíos que entraban al campo de concentración de Auschwitz: “El trabajo os hará libre”.

En Cuba, también hubo un lema sobre el trabajo: “El trabajo los hará hombres”, desplegado a la entrada de uno de los campamentos de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), donde fueron encerrados, sometidos y obligados a trabajar agotadoras jornadas, miles de desafectos al régimen castrista, homosexuales y religiosos, a mediados de los años 1960.

El reciente caso de Venezuela no deja de asombrar. Es muy inquietante que en pleno siglo XXI se dicte una resolución exigiendo a los empleados públicos trabajar en la agricultura y otras labores encaminadas a la producción de alimentos de manera obligatoria, “por el lapso de 60 días, prorrogables por igual tiempo si las circunstancias lo ameritan”, como indica el inciso décimo primero del decreto del gobierno de Nicolás Maduro.

El político y periodista venezolano Alexis Ortiz señala que: “Seguramente muchos de los empleados públicos que piensa Maduro mandar a trabajar como esclavos, fueron de los que firmaron pidiendo el revocatorio. Es una clara manera de castigarlos”. Luego añade: “De cualquier manera, la medida aparte de absurda y demagógica, es impracticable. No lo podrán implantar, ni siquiera con represión, como ocurrió en Cuba”.

El estigma de la letra ‘R’

En Cuba el trabajo como castigo, no se contemplaba en las leyes durante la República, aunque sí se empleó durante la colonia, siendo José Martí el más representativo de esos presos políticos, al ser condenado a trabajar, con grilletes, en las canteras de San Lázaro.

Tras la toma del poder por la revolución castrista, en 1959, comenzó a emplearse de manera sistemática. En un inicio estuvo dirigido hacia los presos de conciencia. Eso lo señala Pedro Corzo, director del Instituto de la Memoria Histórica Contra el Totalitarismo.

“El trabajo forzado más emblemático fue el del Presidio de Isla de Pinos, con el Plan de Trabajo Camilo Cienfuegos, que se inició por el otoño de 1964, precedido por el llamado Plan Morejón”, dice Corzo. “Ambos planes fueron brutales, los presos tenían que trabajar en ocasiones hasta 14 horas diarias en condiciones muy difíciles, cercados por un pelotón de militares con fusiles R2 y bayoneta calada. Las golpizas eran bestiales y cerca de una decena de presos políticos fueron asesinados por sus carceleros”.

En Cuba, hasta la década de 1980, se sancionaba la intención de salir de la isla con carácter definitivo. La práctica establecida despachaba a los campos a todo aquel que presentaba su solicitud. El tiempo de ese castigo era tan largo como el de la espera por la autorización. Fueron miles los que trabajaron en la agricultura para purgar la “pena” de querer salir de Cuba.

Entre ellos estaba Marcia García, profesora de inglés en una escuela Secundaria Básica en La Habana. “Yo quise irme de Cuba durante el éxodo del Mariel, en 1980. No lo logré, por lo cual intenté reincorporarme a la vida laboral”, relata. “Pero no me permitieron regresar a las aulas. Me dijeron que no tenía cabida como maestra, pues enseñar en el socialismo es un privilegio para los revolucionarios”.

Su carnet de identidad estaba marcado con la letra R, que estigmatizaba a quienes la tuvieran. “Con la R en el carnet, sólo podía trabajar en la agricultura o en la construcción. Como los campos asignados quedaban muy lejos, acepté la construcción, que era en la ciudad”. Relata que cargó sacos de cemento, cabillas y bloques, en condiciones muy difíciles para una mujer.

Está convencida que enviarla a la construcción fue un castigo directo por su intención de salir por el Mariel. “La Revolución castiga con ensañamiento a quienes aspiran a vivir en libertad. Muchos cubanos hemos tenido que pagar ese precio”.

Entre los presos políticos el trabajo como castigo iba acompañado de acciones violentas por parte de los custodios. Corzo relata el caso de Diosdado Aquit Manrique, un preso que fue asesinado por un guardia: “En esos días habían herido a bayonetazos a varios compañeros, la situación estaba muy tensa y Aquit le dijo a un guardia del cordón que tenía que hacer sus necesidades, el guardia lo autorizó, le dijo que saliera del cordón de seguridad y poco después le disparó matándolo de inmediato. El guardia era de Santa Clara, su apellido es Olivera y habíamos trabajado juntos ante de yo ser detenido y condenado”.

La práctica del trabajo como castigo sigue vigente en Cuba en el siglo XXI. Al fundador y director de la revista VitralDagoberto Valdés lo sancionaron recogiendo yaguas en una plantación. Desde Pinar del Río, donde reside, brinda su testimonio. “Fui sancionado por ser director de la revista sociocultural y religiosa Vitral de la diócesis católica de Pinar del Río, que resultaba molesta para las autoridades”. Puntualiza que aunque fue forzado a desempeñar esa labor contra su voluntad, nunca “hubo condena judicial, sino un castigo administrativo”.

Explica que por 16 años fue ingeniero en una empresa tabacalera. “Una mañana la dirección de la empresa, el partido comunista y los que actuaron detrás de ellos, me dijeron que tenía que escoger entre Vitral y mi cargo de ingeniero. Como no dejé Vitral me castigaron a trabajar ocho horas diarias sobre una carreta tirada por un tractor como ingeniero de yaguas”.

Desprecio por los obreros

Otro caso de trabajo como castigo lo recibió el caricaturista Arístides Pumariega, creador del personaje Subdesarrollo Pérez, entre otros. El dibujante fue sancionado a ocho años de trabajo, por una caricatura aparecida en el semanario humorístico Palante. Su dibujo aludía a un discurso de Fidel Castro, donde daba cuenta que la proyectada zafra azucarera de los 10 millones no se lograría. El propio dictador creó la frase “convertir el revés en victoria”, lo que dio paso a un número del semanario, en el que se copiaba el diseño del periódico oficial Granma. Arístides en su dibujo escribió: “A bailar con la [orquesta] Revé, en Victoria de las Tunas”.

El resultado fue apartarlo de su puesto de trabajo. De acuerdo con los papeles que le entregaron, fue sancionado por “estar separándose del pueblo”. La pena: enviarlo como obrero a laborar en una empresa litográfica. “La Litográfica era un sitio adonde mandaban a los castigados de la Unión de Jóvenes Comunista (UJC) y del Partido. Cuando llego a la fábrica, lo que hacen es asignarme a trabajar a un plan agrícola, recogiendo viandas y otros productos del agro”, recuerda el caricaturista.

Para Arístides: “En Cuba, la dictadura castrista ha usado el trabajo duro, en fábricas y en el campo como castigo, algo que se traduce en un gran desprecio hacia la clase obrera, que conforma la mayoría de la fuerza laboral”, señala.

En el ambiente cultural cubano se han dado casos significativos de castigos severos por asumir posturas no oficiales. El cantante y compositor Silvio Rodríguez fue enviado como marino en el barco pesquero Playa Girón, tras interpretar su canción Resumen de noticias, en el Festival Internacional de la Canción, Varadero 70. El resultado de ese castigo se aprecia en la composición Playa Girón, aludiendo al buque y sus tripulantes.

Tras la aparición del libro Los pasos en la hierba, su autor, Eduardo Heras León, es enviado a trabajar a una fábrica metalúrgica. Algo similar pasó con el dramaturgo Antón Arrufat, quien molestó al régimen tras ganar el Premio UNEAC con su obra Los siete contra Tebas. Fue sancionado a trabajar 14 años en el sótano de una biblioteca.

El ex preso político Pedro Corzo estima que el gobierno castrista ha recurrido al castigo, a través de labores crueles, como una forma más de totalitarismo, así como de coacción y control sobre la población cubana.

El activista político, cultural y religioso Dagoberto Valdés afirma que fue “ingeniero de yaguas” por 10 años. “A esta nave, muchas veces repleta hasta el techo del producto, Yoani Sánchez le llamó la Catedral de las Yaguas, en referencia al tamaño pero también a que, en una entrevista que me hizo, le referí que muchas veces rezaba y meditaba para vencer el tedio y el encierro durante ocho horas, sin baño, al principio sin comedor y con un portón de acero negro que remataba una cerca y una garita de madera que nadie usaba, pero que tal paisaje me traía otras reminiscencias”.

Desde la instauración del régimen castrista el trabajo (como el hambre) han sido armas políticas, maneras de amedrentar y someter a sus contrarios.

A pesar de que existen tratados internacionales deplorando el trabajo como castigo, sigue siendo una lamentable rutina. El caso cubano es apenas uno de los tantos escenarios donde esta práctica se sigue empleando.

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